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El Lepracaun, Una leyenda de Irlanda para el día del libro

En el día del libro, que mejor que traer un corto relato irlandés. Una leyenda…. o no, ¿Quién sabe?

Por Lady Wilde, del Libro Cuentos Populares Irlandeses de la editorial Siruela. Edición a cargo de Jose Manuel de Prada.

Lepracaun, la leyenda de Irlanda

Los lepracauns son pequeños espíritus alegres, industriosos y juguetones, que hacen de zapateros, sastres y remendones para las hadas de más categoría. Se les ve a menudo, al ocaso, sentados bajos los setos, cantando y cosiendo. Conocen todos los secretos sobre tesoros ocultos y, si una persona les cae bien, la guiarán hasta el lugar del “rath” de las hadas  donde el oro yace sepultado. Se cree que una familia que actualmente vive cerca de Castlerea obtuvo de un modo extraño sus riquezas, gracias a los buenos oficios de un Lepracaun amistoso. Y la leyenda se ha transmitido a lo largo de muchas generaciones como un hecho que sucedió realmente.

Erase una vez un muchacho pobre, uno de los antepasados de esta familia, que cada día acostumbraba a llevar de un lado a otro su carro de turba, y sacaba el dinero que podía de su venta. Pero era un muchacho extraño, muy callado y taciturno, y decía la gente que era un sustituto dejado por las hadas, pues no participaba en las diversiones y apenas hablaba con nadie, pasando las noches leyendo cuantos fragmentos de viejos libros recogía en sus deambuleos. Lo que deseaba por encima de todo era hacerse rico para deshacerse así del agotador carro de turba, y vivir solo en paz y tranquilamente, sin más compañía que los libros, en una casa con jardín.

Resulta que, en los viejos libros, el muchacho había leído que los lepracauns conocían todos los lugares secretos donde había oro escondido, de manera que, día tras día, estaba atento por si alcanzaba a ver al pequeño remendón, y escuchaba el clic clic que hacía su martillo mientras, sentado bajo un seto, remendaba zapatos.

Un atardecer, justo a la puesta de sol, vio al hombrecillo bajo una hoja de romaza, sumido en su trabajo, todo vestido de verde con un tricornio en la cabeza. Así que de un salto, el muchacho bajó del carro y lo agarró por el cuello.

–          Bueno – exclamó-, no saldrás de esta hasta que me digas dónde puedo encontrar el oro escondido.

–          Tranquilo –dijo el lepracaun-, no me hagas daño y te lo diré todo. Aunque ten en cuenta que, si quisiera, podría hacerte daño, pues tengo el poder necesario, aunque no lo utilizaré porque somos primos en segundo grado. Así que, como somos parientes cercanos, seré bueno y te diré en qué lugar está el oro que nadie puede poseer o conservar salvo quienes son de la sangre y la raza de las hadas. Acompáñame, pues, al fuerte de Lipenshaw, pues allí está. Aunque date prisa, porque cuando el último fulgor rojizo del sol se desvanezca, también el oro desaparecerá, y no lo volverás a encontrar.

–          Vayamos, pues –dijo el muchacho e, introduciendo al lepracaun en el carro, se puso en marcha.  Y en un segundo estaban en el viejo fuerte, en el que entraron a través de una puerta abierta en el muro de piedra.

–          Ahora mira a tu alrededor –dijo el lepracaun, y el muchacho vio que todo el lugar estaba cubierto de monedas de oro, y que había recipientes de plata diseminados por todas partes, en tal abundancia que parecía que allí habían sido reunidas todas las riquezas del mundo.

–          Coge lo que quieras –dijo el lepracaun-, pero date prisa, pues si esa puerta se cierra no saldrás de este lugar en toda tu vida.

Así que el muchacho se cargo los brazos de oro y plata, que echó sobre el carro. E iba camino de coger más cuando la puerta se cerró con un estruendo como de trueno, y el lugar se volvió oscuro como la noche. Y no volvió a ver al lepracaun, y ni siquiera tuvo tiempo de darle las gracias.

Pensó entonces que lo mejor era volver a casa de inmediato con sus tesoros, y cuando llegó y estuvo completamente solo contó sus riquezas, y todas las brillantes piezas de amarillo oro, suficientes para pagar el rescate de un rey.

Como era muy sabio, no le contó nada a nadie, y al día siguiente fue a Dublín y metió todos sus tesoros en un banco, y constató que ahora era tan rico como un aristócrata.

Así que se hozo construir una esplendida casa, con espaciosos jardines, y tuvo criados y carruajes, y libros suficientes para hacerlo feliz. Y reunió allí a muchos hombres sabios, para que le dieran la instrucción propia de un caballero. En aquella comarca llegó a ser un hombre grande y poderoso, donde todavía se le recuerda con honor, y sus descendientes viven hasta hoy en día en la riqueza y la prosperidad, pues sus riquezas jamás han disminuido, aunque siempre han dado generosamente a los pobres y se los conoce, por encima de todo, por su talante amistoso y su liberalidad.

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