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Nuestra primera aventura, Doolin, Irlanda

Cuaderno de Viaje.- DOOLIN, Irlanda

Llevábamos ya dos semanas en Irlanda y poco menos que no habíamos salido de la fábrica. Llegamos en un pico de trabajo importante y los primeros 15 días fueron de jornadas de 10 y 12 horas, sin descanso. En la tercera semana, teniendo turno de tarde, y ya sabiendo que ese fin de semana no trabajábamos, decidimos alquilar un coche e irnos fuera. Alquilamos en Sixt (la de dinero que dejamos en esta compañía), y sin haber cogido nunca un coche en Irlanda, nos pusimos en marcha un viernes a las 16:30 rumbo a los Acantilados de Moher, en el condado de Clare. El viaje no fue mal, despacio, lloviendo, de noche, por carreteras estrechas…. Pero bien. Siendo la primera vez que salíamos, tardamos una eternidad en llegar a Doolin, donde habíamos reservado el B&B. Llegamos tarde, (menos mal que habíamos avisado) y nuestra primera sorpresa, grata por su puesto, fue que nuestra anfitriona, Erin nos estaba esperando con una sopa caliente de bienvenida. Tomamos la sopa, y después de su recomendación nos fuimos a McDermott’s  a tomar una pinta de Guinness. Buen Pub, buena Guinness y sobre todo buena música.

Nos retiramos pronto, ya que queríamos madrugar para ver bien la zona.

Imagenes de nuestro viaje a Doolin y los Acantilados de Moher

A la mañana siguiente, sábado, amanecimos a las 8:00. Después de un suculento Irish Breakfast, pusimos rumbo a los Acantilados de Moher. Un inciso, hace doce años no existía el centro de interpretación y el parking no estaba enfrente de la entrada, estaba en el mismo lado que los acantilados, y por supuesto no era de pago. Todo cambia, para bien o para mal, no sé, hay gustos para todos. Ahora los Acantilados se pueden disfrutar con seguridad y desde luego aprendes más en el centro de interpretación sobre la formación de los mismos, la flora y fauna, la historia,.. pero a mi modo de ver  antes tenían un carácter más romántico y se podían hacer algunas locuras que ahora no están permitidas en pro de la seguridad.

Como os decía, madrugamos y nuestra primera decepción es que amaneció con una niebla que casi no te dejaba ver ni el desayuno. Pero eso no nos iba a detener. Pusimos rumbo a los acantilados, muy cerca de Doolin, y como ya imaginamos, no se veía nada.

Después de unos minutos de pensar hacia dónde ir, decidimos volver para atrás y adentrarnos en el Burren, donde si te tapan los ojos y te plantan allí en medio, no dirías que estas en Irlanda. Todo roca y piedra, mar a un lado y una extensión inmensa de piedra y roca al otro, ni un árbol, ni una brizna de hierba y la máxima soledad. Espectacular. Dios mío, no nos habíamos ido de Irlanda, pero lo parecía. Recorrimos toda la carretera de la costa hacia Ballyvaugaham sin cruzarnos con un coche, deteniéndonos antes en Black Head, desde donde se tiene una vista impresionante de la bahía de Galway.

Que decir tiene, que en el trayecto la espesa niebla fue desapareciendo y dejo pasó a un soleado día que nos brindaba nuevas posibilidades.  Desde esta localidad nos fuimos a ver Corcomroe abby,  monasterio cisterciense de principios del siglo XIII, el cual, aún conservándose solo las ruinas tiene una serie de esculturas, tumbas y ornamentación que lo hacen una visita casi obligatoria si estas por allí.

Desde allí nos fuimos a Ailwee Cave y a buscar, dirección sur, el dolmen de Poulnabrone, construcción megalítica de importancia. Seguimos rumbo sur y llegamos a dos localidades de las que, aún hoy, seguimos prendados, Lahinch  y Liscannor. Pequeñas poblaciones, que tienen un encanto especial. Es difícil de transmitir aún hoy, la sensación de paz y sosiego que tuvimos cuando llegamos.

Después de reponer fuerzas, ya por la tarde, volvimos hacia Doolin, por la carretera de los Acantilado de Moher, y cuando pasamos, ya sin niebla, decidimos parar para ver esta imponente maravilla de la naturaleza. No había apenas gente ya, llegamos hasta Torre de O’Brien,  para tener una mejor perspectiva de los acantilados, fuimos a la plataforma, saltando el entonces pequeño muro de piedra, donde los más valientes, mi mujer entre ellos, gateaban hasta asomar la cabeza por el acantilado (214 metros en el punto más alto) y recorrimos parte del camino al borde del precipicio (son 8 km de acantilados) hasta un promontorio donde nos sentamos a ver atardecer. Un lujo, o temeridad para algunos, que hoy en día, después de la remodelación del centro de visitantes y las medidas de seguridad que se han tomado resulta difícil, por no decir imposible de hacer.

De vuelta a Doolin, nueva visita a McDermott’s  para descansar comentando con los parroquianos el impresionante día que habíamos tenido.

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Acantilados de Moher

Mirar al precipicio de Moher

 

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